julio 12, 2017 - EL PULSO, OPINION

CEFIS en la prensa


Una década atrás, cuando el mundo estaba golpeado por la crisis subprime y los profesores Michael Porter y Mark Kramer pensaban cómo “salvar el capitalismo” incorporando en las empresas la idea de generar valor compartido, nació el concepto de “impact investing”. El año 2008 la Fundación Rockefeller convocó a líderes de la filantropía y las inversiones para pensar cómo aumentar el flujo de capital para hacer frente a desafíos climáticos y sociales cada vez más urgentes, sin dejar de lado el fundamental aporte del capital filantrópico para soluciones innovadoras. Entonces, se acuñó el concepto de inversiones de impacto: inversiones con la intención de generar un impacto social o medioambiental positivo y medible, que logra también un retorno financiero.

 Desde entonces, este nuevo mercado atrae cada vez más capital: unos US$400 mil millones que alcanzarían el US$ billón para 2020. Parte del logro es la adaptación de instrumentos propios del mercado financiero, creando, por ejemplo, una bolsa de comercio social, fondos de inversión social y bonos públicos de impacto social. Otro factor interesante es el protagonismo que los inversionistas de alto patrimonio y family offices han ido adquiriendo en este mercado, debido a que tienen mayor flexibilidad para la toma de decisiones, más posibilidades de alinear su portafolio con sus valores, y una generación millennial -con marcado énfasis social y medioambiental- entrando en la toma de decisiones.

El reciente estudio del Centro de Filantropía e Inversiones Sociales de la UAI (Cefis) y Deloitte “Inversionistas de impacto en Chile” (en cefis.uai.cl) muestra el alto interés de los principales family offices locales por incorporar este tipo de inversiones en su portafolio. De hecho, la mitad ya lo tiene incorporado y señala una alta tasa de satisfacción. Por otra parte, la mirada de largo plazo con que invierten cuando están buscando impacto, especialmente en ámbitos sociales como educación, infancia, salud o creación de empleo, les permite incluso estar dispuestos a transar en la rentabilidad financiera esperada, llegando a aceptar retornos bajo el mercado.

Chile vive un buen momentum en el ámbito de emprendimiento social: en “The best country to be a social entrepenneur index 2016”, nuestro país aparece en el sexto lugar entre las 45 principales economías del mundo, a lo cual se suma ser el país con mayor número de empresas B certificadas per capita del mundo. Con todo, a vista de los inversionistas, aún falta desarrollar una mayor oferta de proyectos maduros (investment ready) y contar con más información de oportunidades del sector. Conocer el sector y crear instancias para movilizar este tipo de inversión resulta fundamental para potenciar los aportes privados destinados a contribuir al bienestar social.