diciembre 19, 2015 EL MERCURIO, VIDA ACTUAL

CEFIS en la prensa


Mientras en EE.UU. figuras como Bill Gates destacan por sus aportes, acá recién se empieza a perder la “sobriedad” en donaciones.

EL MERCURIO, VIDA ACTUAL

El concepto es tan amplio que cuesta ponerse de acuerdo. La Real Academia la define como “la persona que se distingue por el amor a sus semejantes y por sus obras en bien de la comunidad”, pero la filantropía transita por la delgada línea de las donaciones con un interés corporativo, de imagen o vanidad. Hay concordancia en algo: va por un carril distinto a la caridad, que se entiende básicamente como extender un cheque sin solucionar el problema de fondo.

El abogado Óscar Agüero, secretario ejecutivo del Comité de Donaciones Culturales, zanja la discusión: “Las donaciones no siempre están vinculadas a la filantropía, a veces prima la imagen de los benefactores y en otros no. Cuando no están ligados a donaciones de contribuyentes para promover empresas, cuando es una entrega pura y sin beneficio alguno, entonces estamos hablando de filantropía”. Y ejemplifica con un caso: El Teatro del Lago, en Frutillar, una idea del empresario Guillermo Schiess, que tras su muerte continuó su hija y el esposo de ella, donando dos tercios de los US$ 6 millones anuales de presupuesto.

La filantropía en Chile aún es reducida y, de hecho, las donaciones hoy solo representan el 0,12% del PIB, siete veces menos de lo que sucede en Estados Unidos. Pero Magdalena Aninat, directora del Centro de Filantropía e Inversiones Sociales de la Universidad Adolfo Ibáñez, dice que la comparación necesita contexto: “Allá la sociedad civil es muy fuerte y la presión social a la gente de éxito es importante para que devuelvan a la sociedad”. Y hay un matiz: en Norteamérica más del 70% de las donaciones son individuales y no de empresas. Acá, en cambio, no existe un Bill Gates, el mayor filántropo de EE.UU., que ha motivado a otros, como Mark Zuckerberg, a seguir su ejemplo. El fundador de Facebook hace unas semanas anunció que donará el 99% de las acciones de su empresa a su fundación Chan para -entre otras- ayudar en la cura de enfermedades. Algunos lo han puesto en tela de juicio: Chan es un tipo de organización empresarial y no una ONG, que permite ventajas fiscales que, dicen sus críticos, podría usar en beneficio personal.

“En Chile hay un temor de costo social, en una sociedad cada vez más desconfiada, que inhibe una acción más pública. Pero cada vez más hay gente dispuesta a armar una fundación y que se sepa que ellos están detrás, y no solo vinculadas a sus empresas”, señala Aninat, y nombra los casos de la Fundación Reinaldo Solari, Corpartes, de Álvaro Saieh, y Fundación Colunga, de la familia Cueto.

Hay una expresión popular de origen bíblico que dice: “No dejes que tu mano derecha sepa lo que hace tu izquierda”. Un concepto que se aplica acá a “la cultura de la sobriedad”. Bajo esa lógica, la filantropía que se hace en Chile suele ser de muy bajo perfil. Por eso, también, un personaje como Leonardo Farkas apoyando con recursos al tenista Tomás González llama la atención. “Él rompe el paradigma, lo hace visible, pero esa actitud es la que está empezando a primar, comienza a perderse el miedo a que la filantropía sea algo explícito. Y eso favorece la transparencia e incentiva a otros”, clarifica el abogado Roberto Peralta, experto en donaciones y director de la Fundación Lealtad, entidad que busca fomentar la confianza de la sociedad en las organizaciones sin fines de lucro.

Leyes e incentivos

Tras la muerte de Douglas Tompkins se ha reavivado un debate que también se dio con él en vida: ¿Era realmente un filántropo? En 2014 anunció que quería entregar el Parque Pumalín -de 289.562 hectáreas- al Estado, tal como traspasó al Fisco el Parque Corcovado y el Yendegaia. Con su deceso, eso se resolverá con una mesa intersectorial para ver la factibilidad de la propuesta de donación entre el Ministerio de Bienes Nacionales y la Fundación Pumalín. Su compra de tierras, desde los años 90, sumó admiradores y detractores. Roberto Peralta señala: “Él gastó toda su plata en lo que más placer le daba, cuidar la naturaleza. Al final se quedó con muy poco dinero, pero para él eso era su vida. Para mí la motivación para hacer filantropía pasa por querer hacer un bien y porque produce un placer personal ayudar a tu entorno”.

El Estado, que debe fiscalizar el buen uso de las donaciones, ha levantado una veintena de leyes que permiten que empresas y personas efectúen donaciones de todo tipo y, a cambio, que tengan una rebaja tributaria como incentivo. Así, un contribuyente realiza una donación y en su declaración de impuestos del año siguiente una parte le es descontada, lo que usualmente llega a un 50%. Y ese esquema de regulación divide aguas. Magdalena Aninat plantea que “las empresas se quejan de que hay una actitud de sospecha del SII y del mundo social. Hoy, si haces una donación fuera del sistema de incentivo, tiene el costo de pagar un impuesto sobre la donación. Y la idea es no disfrazar una donación”. El abogado Roberto Peralta, en tanto, dice que la regulación “se ha hecho a la chuña y cada grupo de interés ha sacado su propia ley”, y recuerda que -junto a diversas organizaciones- desde hace 13 años proponen una Ley Única de Donaciones “que resolvería la gran mayoría de los nudos que tienen asfixiada a la filantropía en Chile”. Una propuesta que ingresó al Congreso en marzo de 2014 y que Óscar Agüero mira con reparos: “Sería un gran organismo del Estado que no sabemos cómo estaría compuesto, frente a leyes actuales que tienen consejos relacionados con las áreas. Plantear trámites únicos es bueno, lo otro es quienes tomarán la decisión de aprobar o no un proyecto acogible a la ley”.

Este año se realizó el primer estudio sobre donaciones sociales en Chile, efectuado por el Centro de Filantropía e Inversiones Sociales de la U. Adolfo Ibáñez, que dirige Magdalena Aninat, donde se recogió la visión de 41 líderes y miembros de grupos empresariales del país. Una mayoría de los consultados señaló que tenían un “deber moral” como principal motivación para realizar aportes sociales. Pero un 36,6% opta por el anonimato de la donación y un 31,7% por el reconocimiento familiar o personal. En concordancia con lo difícil que es asumirse como filántropo, solo un 19,5% se definió como tal y una mayoría se quejó de las actuales leyes de donaciones e incentivos para hacerlo, y tienen una baja percepción del nivel profesional de las organizaciones sociales sin fines de lucro en Chile.

Sobre este último punto, el presidente ejecutivo de América Solidaria, Benito Baranda, dice que “creemos firmemente -y así lo demuestran nuestras experiencias de alianzas- que cuando participan distintos actores se consigue un mejor resultado. Si todos trabajamos fragmentados, seguiremos fomentando una sociedad excluyente”. Respecto a qué falta para que haya más interesados en hacer donaciones, es más amplio en la mirada: “No todo se trata de dinero, sino también de acceso a redes, oportunidades, discriminación, etc. Más que filántropos, Chile necesita abrir su corazón ante la injusticia y las necesidades de los otros”.

La filantropía en Chile aún es reducida y, de hecho, las donaciones hoy solo representan el 0,12% del PIB, siete veces menos de lo que sucede en Estados Unidos. Además, en Norteamérica más del 70% de las donaciones son individuales y no de empresas.

¿Por qué lo hacen?

Hace poco tiempo la polémica estalló en Estados Unidos cuando el magnate de sellos discográficos y fundador de los estudios Dreamworks donó US$ 100 millones al Lincoln Center de Nueva York, para la renovación de la sala Avery Fisher Hall, a cambio de que fuera rebautizada como David Geffen Hall. El Lincoln Center tuvo que pagarle US$ 15 millones a la familia Fisher para que autorizara el cambio de nombre, pero se cuestionó cuánta filantropía y cuánta vanidad había en la donación de Geffen.

“Efectivamente puede haber vanidad personal en una donación, pero hay que caminar hacia una vanidad social, devolver a la sociedad, porque no solo la ganancia es un mérito personal”, plantea Magdalena Aninat. Por eso ella dice que hay que atender qué es lo que quiere una persona o una empresa: “Ver qué busca cambiar más que lo que busca hacer. Faltan empresarios que asuman el efecto movilizador con esta lógica de compromiso social”.

Uno de los últimos ejemplos de filantropía es el centro Nave, que se autodefine como “un centro de creación y residencia para las Artes Vivas”, es uno de los últimos ejemplos de filantropía. Ubicado en el barrio Yungay, se diferencia de un centro cultural porque es un espacio de investigación y residencia (aunque abierto a público), y es obra del empresario Rodrigo Peón-Veiga, quien donó US$ 2,5 millones para habilitarlo. Su hija Javiera, codirectora artística del recinto, dice que la idea surge “del deseo de apoyar a artistas, especialmente de la danza, para que cuenten con mejores condiciones de trabajo que potencien la continuidad y mayor inmersión de sus investigaciones artísticas”. Respecto a cómo funcionan las donaciones culturales en el país, agrega que “son prácticas que en Chile aún no se instalan con confianza ni tienen las vías más expeditas para ser realizadas. Falta visión para valorar y potenciar el arte”. Para avanzar, remata Javiera Peón-Veiga, “hace falta organizar mejor el funcionamiento de la ley para así agilizar los procedimientos que permitan llevarla a cabo. Hace falta generar un contexto para llevarla a la práctica y empoderarla, por ejemplo, generando banco de datos diversos y efectivos, que tengan real visibilidad”. Como sucede con iniciativas como el Teatro del Lago, Nave busca que el financiamiento no solo provenga de una familia para sustentarse a lo largo del tiempo, sino de otros interesados en donar, literalmente, por amor al arte.

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