noviembre 28, 2015 - LA TERCERA, ENTREVISTA

CEFIS en la prensa


Ha llegado el momento de que se desarrolle una filantropía nativa en Chile, dice el presidente de la Fundación Ford.

Por MAGDALENA ANINAT

Darren Walker se sienta en la terraza del Hotel Noi y destaca el cambio que ha experimentado Santiago en las últimas décadas. “Hemos visto a Chile a través de los buenos y los malos tiempos”, dice este abogado y presidente de la Fundación Ford.

El apoyo de la institución que él dirige en Chile ha sido amplio y diverso. En 1956 crearon un programa de apoyo a la investigación y formación en economía en las universidades de Chile y Católica, y promovieron un acuerdo con la Universidad de Chicago, que fue el germen de los Chicago Boys.

En los años 60, en cambio, financiaron entre otras cosas proyectos en la Flacso, el European Southern Observatory ESO, y programas de planificación familiar e investigación en reproducción. Durante la dictadura, la fundación tuvo un rol activo documentando las violaciones a los derechos humanos y apoyó a la Vicaría de la Solidaridad. En los 90 fue el turno de las organizaciones de género como el Centro para Estudios de la Mujer, al mismo tiempo que apoyó la agenda contra el VIH y programas de microcrédito para la superación de la pobreza. Con la llegada del nuevo siglo, a través de una serie de becas financió los estudios en el extranjero de líderes emergentes.

“Es un privilegio haber sido testigo de las transformaciones de Chile desde que era un país subdesarrollado a lo que uno ve ahora. Mira, Santiago es una ciudad de corte mundial, cosmopolita, excepcional”, dice. Su visita es un cierre de ciclo, ya que responde al traslado de la oficina regional de la fundación, que desde 1991 está radicada en nuestro país, a Colombia, donde esperan acompañar el proceso de paz. Y aunque este cambio no significa que no vayan a entregar más fondos aquí, sí trae aparejado un mensaje: es hora de que en Chile se desarrolle una “filantropía nativa”, dice Walker.

En los últimos años, especialmente desde que entramos a la OCDE, varias fundaciones de ayuda internacional han sacado a Chile de su radar. Pero aún tenemos desafíos sociales. ¿Quién debe asumir ese rol?

Sería un error para el futuro de Chile que el liderazgo del cambio social provenga de afuera. Este país tiene una oportunidad de promover la filantropía nativa de una manera que no ha sucedido en el pasado. Hay una riqueza sin precedentes y es tarea de los chilenos determinar su futuro. Y es responsabilidad de los líderes adinerados y sus familias crear una filantropía que haga progresar la sociedad en un sentido amplio, más allá de intereses estrechos.

Las investigaciones en filantropía que hemos hecho en la UAI muestran que si bien existe una cultura de donar, falta visión estratégica. Se atienden necesidades específicas más que buscar un cambio social.

La filantropía en Chile no está muy madura. En la medida en que madura, entran nuevas generaciones que frecuentemente son más críticas sobre la riqueza de la primera generación. En Estados Unidos, las causas más progresistas son apoyadas por los hijos y nietos de los industriales.

¿Deben las empresas hacer filantropía?

Por supuesto que sí. Ya no es posible defender que nuestro único objetivo es maximizar el valor de los accionistas. Las empresas tienen una responsabilidad no sólo con ellos, sino también con sus clientes, empleados, y con la comunidad donde ganan su dinero. Los líderes empresariales con mirada de futuro han asumido este enfoque. (…) Reconozco que hay en Chile una crisis de confianza hacia el mundo empresarial y también político. Es una consecuencia de la desigualdad. Por eso el sector empresarial debe tomar muy en serio su responsabilidad de hacer cosas significativas en las vidas de los chilenos. No simples tácticas de marketing. Trabajé en el sector empresarial, y creo que si bien este es un momento desafiante, es también una oportunidad para las empresas, para que hagan filantropía seria y sustantiva, y no el típico programa de responsabilidad social empresarial.

Combatir la desigualdad

Darren Walker nació en un hospital de caridad en Lafayette, Luisiana, y creció en Goose Creek, Texas. Fue beneficiario de diversos programas de ayuda social de la Fundación Ford. Se graduó de abogado, pero en 1995 dejó su carrera en el banco suizo UBS para hacer un año de voluntariado en una escuela de Harlem, en Nueva York. Desde entonces, trabaja en el ámbito de las fundaciones en temas de justicia social, derechos humanos, desarrollo urbano y cultura. El año pasado se convirtió en presidente de la Ford Foundation, la segunda organización filantrópica más importante de Estados Unidos, que hace donaciones por 500 millones de dólares al año alrededor del mundo. Recientemente la institución ha redefinido su foco desde la promoción de la justicia social al combate de la desigualdad.

¿Por qué el enfoque en la desigualdad?

Porque creemos que es la principal amenaza para un mundo más justo, equitativo y en paz.

¿Cuál es el rol de la filantropía en ese contexto?

La filantropía moderna comenzó realmente con Andrew Carnegie y John D. Rockefeller. Ambos veían como su tarea aminorar las condiciones de pobreza. Ahora sabemos que debemos profundizar en la desigualdad y mirar las barreras estructurales y entender por qué ésta se mantiene y las personas permanecen en la pobreza. No es suficiente ofrecer caridad. Tenemos que interrogar las razones subyacentes. Un factor son las narrativas culturales que parecen justificar y perpetuar la discriminación contra ciertas personas: en Estados Unidos son los indios americanos; en India las castas bajas; en Chile los indígenas. Hay barreras y prácticas culturales que hacen difícil para esta gente tener movilidad ascendente.

¿Qué pasa a nivel de sistema político y económico?

Otro factor es la falta de acceso a mecanismos de democracia y gobernanza. Las elites tienen acceso a las palancas de la democracia y pueden trabajar para reforzar sus ventajas a expensas de la igualdad, justicia y equidad. Por otro lado, hay reglas de la economía que favorecen a los privilegiados. Si eres una pequeña empresa, es muy difícil competir en una economía desigual donde hay protección para las grandes compañías que pueden adquirir otras y tener más presencia en el mercado. Y, cuando eso sucede, el consumidor tiene menos poder. La desigualdad promueve menos competencia y menos libertad. En filantropía debemos interrogar estos factores. Henry Ford era parte de la elite, del 1 por ciento y hay una tensión: somos fruto de la elite, pero tenemos que hacer que las cosas sean menos elitistas.

¿Son críticos del capitalismo?

Somos fervientes capitalistas. Yo estoy inequívoca y apasionadamente comprometido con el capitalismo, pero es imperativo que tengamos un sistema económico que produzca más prosperidad compartida. El rol de la filantropía es ayudar a probar soluciones pilotos, incubar ideas, construir conocimiento y evidencia para enmarcar los temas y ver posibilidades de trabajar en alianza con el mundo de los negocios y la sociedad civil para crear una sociedad más justa y equitativa. La filantropía tiene un rol único. No tenemos la demanda del corto plazo del mundo privado, no somos elegidos, por lo que no nos preocupa abordar temas no populares  y luego no ser reelegidos. Somos un sector independiente y con ello vienen el privilegio y la responsabilidad. La pregunta para la gente privilegiada es: ¿Están usando sus ventajas para levantar a sus conciudadanos o simplemente usándolas para reforzar su propia riqueza y vanidad?

A partir del libro de Thomas Picketty, ha surgido un debate sobre si la desigualdad es una amenaza en sí misma o es más relevante focalizarse en el desarrollo económico.

Tenemos que ser claros: necesitamos desarrollo económico. Pero también  crecimiento con igualdad. Y ahí es donde se requieren reglas del juego justas. Si están construidas para que sirvan a los intereses de las elites políticas, entonces creamos este ciclo vicioso. En muchos países estamos viendo las manifestaciones de esto. La desigualdad se reduce o aumenta en parte por las reglas del juego. Y las reglas del juego las fija el gobierno. Una democracia fuerte requiere una sociedad civil fuerte y funcional, independiente y que refleje la voz de toda la ciudadanía, incluyendo la de pobres, marginados e indígenas. Si su voz no se escucha, la democracia no sirve. Me preocupa la fortaleza de la sociedad civil de este país. Y también si las elites en Chile están dispuestas a invertir realmente en una sociedad civil fuerte.

Revisa la entrevista original aquí.