junio 14, 2015 EL MERCURIO, ECONOMÍA Y NEGOCIOS

CEFIS en la prensa


Los resultados muestran que el 61% hace aportes en rangos sobre los US$ 500 mil al año.

EL MERCURIO, ECONOMÍA Y NEGOCIOS

Todos los mayores patrimonios de Chile, sin excepción, hacen donaciones y la mayoría lo hace motivado por un “deber moral”. Pero solo un quinto de los entrevistados dice que donará parte de su herencia. Estas son solo algunas de las conclusiones a las que arribó un inédito estudio sobre filantropía y donaciones que realizan los principales grupos económicos de Chile.

La investigación -cuya autora es Magdalena Aninat Sahli- arribó a datos duros sobre el comportamiento y la percepción que tienen, en particular, 41 altos patrimonios chilenos respecto de los aportes sociales que realizan. Es decir, se analizaron sus propias labores de donación o filantropía: qué los motiva, cómo los canalizan, quiénes son los beneficiarios y cómo definen el presupuesto que destinan a estas actividades (ver recuadro).

La preocupación por la filantropía obedece a razones muy prácticas, según la autora del estudio: Porque fomenta y permite mantener la cohesión y la confianza social, a través de la solidaridad y la cooperación. “Estamos en un país que tiene una crisis de confianza y creemos que es importante darle validez a la filantropía por su rol de cambio. Es importante para las políticas públicas, más allá de los beneficiarios directos de esas acciones”, explica Aninat.

Es el 0,12% del PIB de Chile

Más de un quinto de los entrevistados (22%) prefirió no revelar a cuánto ascienden sus aportes. Pero el resto de los empresarios sí dio luces sobre las pautas que siguen a la hora de definir montos: en función de los resultados de la empresa; o según las necesidades o proyectos sociales que les soliciten; o un porcentaje de los ingresos propios del año, el 10%, por ejemplo.

Entre quienes sí revelaron, las cifras muestran que el 61% de donaciones se desglosan en distintos rangos sobre los US$ 500 mil, como donación anual promedio de los últimos tres años. Y cuando los aportes los canalizan a través de fundaciones, invierten montos mayores (ver infografía).

Con datos obtenidos del Servicio de Impuestos Internos, el estudio establece que en Chile hubo un aumento de 143% en el número total de contribuyentes que realizan donaciones acogidas a diversas leyes de incentivos tributarios, pasando de 8.673 contribuyentes a 21.158 entre 2008 y 2014. En cuanto a montos, el aumento fue de 97% entre los ejercicios tributarios de esos mismos años. Así, en 2013 -que corresponde al balance tributario del año previo-, las donaciones en Chile sumaron un total de $132.497 millones, unos US$ 220 millones. Dicha cifra representa el 0,12% del PIB de Chile en ese año.

¿Harto o poco? En Estados Unidos la cifra es bastante mayor, el 2% del PIB, por lo que Magdalena Aninat cataloga como “baja” la cifra chilena.

El empresario George Anastassiou, presidente del capítulo Fundaciones de la Asociación de Empresas Familiares (AEF) -el área filantropía de esta organización-, apunta a diferencias incluso culturales. Allá los hijos tienden a ser más independientes, a irse pronto de la casa a los 18 años, y forjar su propia vida y estudios. “Y no están esperando que les llegue ni la casa, ni la herencia, ni el cuadro. Los padres quedan con disponibilidad de recursos y no tienen la obligación de herencia que existe en Chile. Tienen mucho más autonomía de disponer de sus fondos en los proyectos que ellos quieren”. Y si los padres tienen muchos recursos, tampoco les dejan todo a sus hijos, “para no echarles a perder la vida”, añade.

Medir y evaluar

Aninat destaca que el monto del aporte por sí mismo no asegura que las donaciones vayan a ser más incidentes en cambios sociales, “si el aumento de las donaciones no va acompañado de prácticas estratégicas que midan impacto”, estima.

Las mismas cifras revelan que esta tarea de medición y evaluación aún está al debe o en desarrollo. Solo el 12,2% mide los impactos de estos aportes con expertos y casi un tercio (31,7%) solo hace “seguimiento” a las actividades. Otra forma de ver este punto es que al consultarles por el nivel profesional de las organizaciones sin fines de lucro, más de la mitad no sabe o cree que es malo.

Además, hay un alto desconocimiento o baja aceptación de herramientas, como los fondos de inversión de impacto, que son instrumentos bastante comunes a nivel internacional, y que operan con una doble lógica, de fondo de inversión con ayuda: entregan baja rentabilidad a sus aportantes y se especializan en apoyar organizaciones con fines sociales. El 27% de los entrevistados no los conoce y 44% sí los ha oído, pero no ha invertido a través de ellos.

¿Aporte transaccional?

Un dato que arrojó el estudio es que la principal motivación de los aportantes es lo que denominan un “deber moral”, o sea, devolver a la sociedad. Solo el 13,5% responde entre sus motivaciones “aportar” a los stakeholders o grupos de interés de las empresas.

También que hay una cifra relevante (44% de los entrevistados) que hace una distinción clara entre los aportes y donaciones personales, versus prácticas corporativas en que se reconoce la existencia de una lógica transaccional. De hecho, este grupo estima que la filantropía no es propia de las empresas, pues no se vincula con retornos monetarios o simbólicos (mientras con los aportes corporativos se consigue viabilidad para proyectos o reputación).

Pero pese a ello, el principal canal de las donaciones son las empresas y corporaciones, lo que es atribuido al sistema de donaciones vigente: los incentivos personales a las donaciones son percibidos como insuficientes.

George Anastassiou explica que la ley de donaciones, que permitió los aportes personales con beneficios tributarios en el Impuesto Global Complementario (con tope), es una normativa reciente y que está en proceso de aplicarse este año, por lo que aún se conoce poco. “Abre una puerta inmensa para el 100% de los contribuyentes chilenos. Acerca a todas las personas naturales a poder donar, y además abre los espectros a dónde donar”, dice.

Al aplicar el cuestionario, los gestores del estudio no les dieron a priori conceptos o definiciones a los entrevistados, pues se buscaba también saber qué entienden ellos mismos por esta actividad de ayuda social que realizan. Los resultados muestran que los propios entrevistados no logran conceptualizar o no saben cómo calificar lo que hacen. La inmensa mayoría (63,4%) responde “ninguna de las anteriores” y mucho más abajo aparecen menciones como filantropía, o catalogarse como un “inversionista social” (inversionistas de empresas B, por ejemplo).

Pero sí tienen muy claro que no hacen caridad: nadie la menciona en sus respuestas. O sea, manifiestan un fuerte rechazo a vincularse con una práctica como “dar un cheque”.

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